Anders Petersen nació en Estocolmo en 1944 y lleva casi seis décadas fotografiando bares oscuros del distrito rojo de Hamburgo, calles europeas al anochecer y todos esos espacios donde la gente vive su vida lejos de cualquier foco.
Se formó entre 1966 y 1968 en la Escuela de Fotografía de la Universidad de Estocolmo. Fueron solo dos años, pero marcaron su forma de trabajar para siempre. Guarda un recuerdo muy concreto de esa época: su profesor, Christa Stramm, hacía que los alumnos saltaran obstáculos mientras cambiaban el carrete, ajustaban la apertura y calculaban la distancia focal. La idea era simple —dominar tanto la técnica que dejara de interponerse entre el fotógrafo y el momento. En 1970 empezó a trabajar como independiente, colaborando con publicaciones suecas, pero a los tres años dejó los encargos comerciales para centrarse solo en proyectos propios.

Lo suyo no es solo técnica. Es una forma de entender qué significa ser fotógrafo. Su obra está en el MoMA, el Centre Pompidou y el Moderna Museet de Estocolmo, y ha publicado más de 40 libros —motivos de sobra para considerarlo uno de los fotógrafos europeos más influyentes de las últimas décadas.
Estilo y composición
Desde finales de los 60, Petersen construye su lenguaje alrededor de tres ideas: cercanía, vulnerabilidad y presencia humana. Cada imagen nace de una búsqueda emocional, de intentar entender a las personas que fotografía y, de paso, entenderse a sí mismo. Le interesa mostrar la realidad con honestidad —incluida la desigualdad y la marginación— sin perder nunca de vista la dignidad de quien tiene delante.
Trabaja casi siempre en blanco y negro. Para él, el color cierra preguntas; el blanco y negro, al ser más abstracto, las abre. Ahí los tonos y las texturas respiran de otra manera, algo esencial para alguien que no busca ilustrar una única verdad, sino dejar espacio para que cada espectador encuentre la suya.

En sus primeros trabajos, sobre todo en los 80, se acercaba tanto emocionalmente a sus sujetos que esa cercanía llegó a paralizarlo como fotógrafo. De ahí nació su concepto de close distance: estar cerca, pero mantener la distancia justa para poder seguir documentando sin perder la sensibilidad que hace que sus imágenes respiren.
Proyectos y obras destacadas
Café Lehmitz (1978)
Petersen viajó a Hamburgo y se instaló durante dos años y medio en el Café Lehmitz, un bar del distrito rojo frecuentado por prostitutas, proxenetas, personas trans, ladrones y gente que la sociedad prefería no ver. Al principio temía que lo vieran como un intruso con cámara. Todo cambió una noche en que alguien cogió su cámara de la mesa y empezó a hacer fotos él mismo: un gesto casual que lo convirtió en parte de la comunidad. El resultado capta tanto la camaradería y el calor humano como la sordidez de esas vidas. Sigue siendo una referencia de lo que la fotografía documental puede hacer cuando se convierte también en obra de arte humanista.


French Kiss (2008)
Petersen vuelve a un territorio parecido, esta vez en el sur de Francia, pero con un tono todavía más crudo. Las imágenes hablan de melancolía, soledad y fragilidad, de gente viviendo al filo de algo. Son fotos incómodas de mirar para muchos, y Petersen lo sabe, pero para él esa incomodidad es necesaria.

City Diary (desde los 2000)
Un proyecto en varios volúmenes, siete hasta ahora, realizados entre 1967 y 2019, en el que fotografía escenas cotidianas en ciudades como Roma, París, Estocolmo, Okinawa, Estambul, Praga o Helsinki. Lo interesante es que aplica el mismo criterio visual y emocional en todas ellas, sin caer en la mirada turística: busca esa humanidad ordinaria y esos momentos de conexión real que se repiten en cualquier ciudad del mundo. Los tres primeros volúmenes ganaron el Paris Photo–Aperture Foundation PhotoBook of the Year Award en 2012.


Close Distance (2002)
El libro que pone nombre y forma a su filosofía después de haberse visto paralizado varias veces por acercarse demasiado a quienes fotografiaba: estar cerca del sujeto, sí, pero sin perder la distancia necesaria para seguir trabajando.
A lo largo de su carrera, Petersen ha sido reconocido como fotógrafo del año en los Encuentros de Arles (2003) y ha recibido el premio al libro de autor en los mismos encuentros (2009), dos de los reconocimientos más respetados dentro de la fotografía internacional.


El equipo que Petersen mantiene cerca
Su relación con el equipo fotográfico es tan sencilla como el resto de su filosofía. Durante Café Lehmitz, en los años 70, usaba una Nikon F, una de las cámaras más sólidas de su época, lo que le permitió moverse y disparar en el caos del bar sin tener que pensar en la técnica. Más adelante, para City Diary, cambió a algo completamente distinto: una Contax T3 compacta, sin equipos pesados ni cargas innecesarias.
Hoy, quien quiera acercarse a esa misma filosofía con equipo digital tiene opciones claras. Para el espíritu de la Nikon F está la Nikon Zf, una full frame que recupera los diales físicos y la estética analógica de la serie F original. Para sustituir a la Contax T3, la Leica Q3 ocupa hoy ese mismo nicho, algo más grande que la T3, pero con esa construcción premium y una óptica fija que compite con cámaras profesionales mucho mayores. Y tanto la Ricoh GR III como la GR IV heredan ese mismo espíritu: compactas, minimalistas, nítidas, con una lente fija que no necesita cambiarse nunca.
Si hay algo que aprender de Petersen es esto: conocer a fondo los límites de tu cámara es lo que, al final, te permite olvidarte de ella justo cuando más la necesitas.